Por Gonzalo Santos, abogado de ECIJA,  firma especializada en Derecho de la Tecnología, Medios y Telecomunicaciones.

Los eSports son un fenómeno que ha llegado para quedarse. Cada vez son más los clanes que deciden dar el paso de formar un club profesional, pero esta transición puede ser complicada por varios motivos.

El primero de ellos es que, para funcionar, los clubes necesitan ingresos y equipos que les permitan dedicarse de forma profesional o semiprofesional a entrenar y competir. Una manera de obtenerlos es mediante la formalización de un contrato de patrocinio.

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En este tipo de contratos, el principal objetivo del patrocinador suele ser la inclusión de publicidad en la equipación y las plataformas digitales de los clubes. En ocasiones, puede pactarse incluso que el nombre de un patrocinador forme parte de la denominación del club de eSports. En nuestro país podemos encontrar varios ejemplos de este tipo, como los clubes Movistar Riders o Asus ROG Army.

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Como se ha señalado anteriormente, la contraprestación que perciben los clubes puede ser de dos tipos que no son mutuamente excluyentes. Por un lado, pueden recibir una cantidad de dinero determinada con el fin de financiar su actividad, siendo esta opción la más común en el caso de patrocinadores cuyo negocio no está centrado en el sector de los videojuegos o la tecnología. Tal podría ser el caso de Visa, que a principios de año firmó un acuerdo de patrocinio con el prestigioso club SK Gaming.

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Otra posibilidad es que el patrocinador pague la publicidad mediante la entrega de material relacionado con la actividad deportiva (equipación, terminales informáticos, etc.). Este modelo de patrocinio suele ser habitual entre aquellas empresas que si tienen una conexión de algún tipo con el mundo de los eSports (por ejemplo, Logitech, que actualmente patrocina al club KIYF).

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Si bien es habitual que los contratos de patrocinio en el ámbito de los eSports estén enfocados a equipos completos, cabe la posibilidad de que los mismos coexistan, a su vez, con contratos individuales que vinculan a miembros independientes de un mismo club. En este sentido, resulta de vital importancia asegurar que no existen conflictos entre ambos contratos, ya que ello podría dar lugar a incumplimientos por parte del club.

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Siguiendo con lo anterior, parte de las obligaciones a las que el club se compromete pueden consistir en la participación de sus componentes en eventos promocionales organizados por un patrocinador. Lo que busca el patrocinador en estos supuestos es la posibilidad de explotar la imagen de los propios jugadores como miembros del club, por lo que es esencial acotar bien el alcance de dicha explotación. También es crucial delimitar de forma clara los límites entre los derechos de imagen colectivos de los jugadores (es decir, cuando aparecen en conjunto, en el marco de una actividad del club) y, por otro lado, los derechos individuales de imagen de cada uno de ellos, para así evitar choques con la explotación de dichos derechos que pueda realizar cada jugador individual.

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Por último, se debe tener en cuenta que los contratos de patrocinio pueden imponer obligaciones que van más allá de los servicios de publicidad en sí. Por ejemplo, no es infrecuente que en los mismos se incluyan disposiciones conocidas como “morals clauses” (literalmente, “cláusulas de moralidad”) que permiten al patrocinador dejar en suspenso el contrato o resolverlo en caso de que un determinado jugador incurra en conductas que puedan suponer un menoscabo para la imagen del patrocinador.

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Como conclusión, podría decirse que los contratos de patrocinio son una herramienta tremendamente útil para los clubes, ya que les permite obtener recursos necesarios para llevar a cabo su actividad. Dicho esto, es importante que antes de formalizar un acuerdo de este tipo queden claras las obligaciones para el club y el patrocinador, con el fin de evitar potenciales conflictos y asegurar que se cumple el objetivo último del contrato, que no es otro que beneficiar a ambas partes.