Estuve varios días dándole vueltas a qué videojuego dedicar mi siguiente reportaje retro. Pensé en muchos pesos pesados de la industria y en títulos que han marcado un antes y un después en muchos de nosotros, los aficionados a los videojuegos. Sin embargo, finalmente me decidí a seguir un camino totalmente diferente y escoger un título no demasiado conocido, pero al que le tengo un cariño especial y del que guardo un grandísimo recuerdo: Vanishing Point.

Vanishing Point es un videojuego de carreras de coches desarrollado en el año 2000 por la británica Clockwork Games y publicado por la mítica (y tristemente extinta) Acclaim Entertainment; uno de las grandes editoras de la historia de los videojuegos que bien merece su propio reportaje. El título salió prácticamente de forma simultánea en Dreamcast y la original PlayStation, pero fue en la consola de Sega dónde Vanishing Point tuvo sin duda su mejor versión y la que personalmente pude disfrutar hace muchos años.

Siempre he sido un gran fan de los videojuegos de carreras y la primera sensación que tuve con Vanishing Point no fue, precisamente, buena. De hecho, recuerdo estar a punto de devolverlo debido a la dificultad y al extraño tacto inicial que sentí al conducir los dos vehículos iniciales del título: el Ford Mustang de 1995 y la Ford Explorer de 1996. No parecía un control natural y era realmente complicado manejar correctamente el vehículo. Sin embargo, a medida que iba jugando me iba enganchando más y más, llegando un punto en el que directamente me encantaba jugarlo.

Una de las principales razones para que su gameplay resultara atractivo era su concepto de carreras en carretera abierta (con bastante tráfico) y compitiendo directamente contra el reloj y no contra otros oponentes en pista. Es cierto que Vanishing Point incluía dentro de este denso tráfico a los rivales a batir (que destacaban rápidamente por estar señalados con un triángulo en la parte superior), pero se trataba más de una forma en la que mantener la tensión de la carrera que otra cosa, pues el tiempo a batir siempre era el mismo ocurriera lo que ocurriera en la pista.

Eso sí, una vez que te adaptabas al control te encontrabas con el otro gran reto del título, que podríamos definir con la clásica frase: los errores se pagan. En Vanishing Point, cualquier pequeño error te llevaba a chocar con algún vehículo o a salirte de la trayectoria con la consiguiente pérdida de tiempo y la frustración de llevar cinco minutos con una carrera perfecta que se iba al traste porque repentinamente un vehículo de la IA hacía un extraño giro que concluía en una espectacular colisión. Al final, el tráfico es el mayor reto de Vanishing Point y, a su vez, la parte que más de quicio sacaba (y sacará) al jugador.

Pero si el gameplay resultaba tremendamente atractivo una vez le cogías el truco, la parte técnica de Vanishing Point acompañaba a la perfección todo el conjunto. En Dreamcast lucía una calidad gráfica muy alta que incluso a día de hoy se sigue percibiendo actual. Los modelados de los coches (un total de 32 entre los que destacan algunos como el Audi TT, el Aston Martin V8 Vatange, TVR Cerbera o el Dodge Viper GTS), estaban muy logrados, así como la calidad y variedad de las pistas; cuyo número ascendía a 13 y entre las que encontrábamos escenarios al atardecer, en mitad de ciudades o a través de bellos paisajes alpinos.

Además, Vanishing Point añadía a todo esto un gran número de modos de juego que ibas desbloqueando a medida que avanzabas ganando carreras. Entre todos ellos, destacaba el modo acrobacias; una serie de pistas específicas para realizar retos a nivel de conducción en tiempos determinados que era, sencillamente, adictivo. Y por supuesto, no podía dejar de mencionar en este breve reportaje la música del título; un compendio de melodías electrónicas que quedaban perfectamente integradas tanto en los menús como en las propias carreras y retos.

Vanishing Point es ya sin duda un título de otro tiempo, cuando los juegos resultaban realmente desafiantes y dónde la progresión y habilidad del jugador eran cruciales para avanzar y disfrutar haciéndolo. Un videojuego difícil, con un control muy particular pero repleto de contenido de muchísima calidad y con una gran variedad de vehículos y pistas para pasar las horas luchando contra el crono y contra ese maldito tráfico que tantos “lanzamientos” de mando al suelo me provocaron.

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